Gracias

18 Jun

No hay palabras para agradecer las expresiones de solidaridad recibidas con motivo de la ida a destiempo de mi madre, Asela Mera de Jorge, el 14 de junio de 2007. Solo puedo decirles: ¡Gracias!

Desde todos los rincones de la República Dominicana, así como desde el exterior, por diversas vías, hemos recibido testimonios de gratitud, aprecio, respeto y cariño hacia ella.

En este apunte de hoy, difícil de escribirlo, me permito compartir con ustedes mis palabras pronunciadas antes de su partida a la mejor vida:

En nombre de mi padre, Salvador Jorge Blanco, mi hermana, Dilia Leticia, mi esposa Patricia, y en el mío propio, agradecemos todas las expresiones de solidaridad que hemos recibido de la sociedad dominicana, incluyendo aquellas que nos han llegado del exterior.

Un agradecimiento especial a la dirigencia y a la militancia del Partido Revolucionario Dominicano, muy particularmente al Presidente del partido, Ramón Alburquerque, y a nuestro Candidato Presidencial, Miguel Vargas, quienes han estado con nosotros en estos momentos.

Nuestra gratitud imperecedera por tan nobles gestos de aprecio, cariño y respeto que todos/as han tenido hacia ella.

En realidad, mi madre tenía un extraordinario olfato político, y le dolía la organización política a la cual dedicó gran parte de su vida, el Partido Revolucionario Dominicano. Mi casa, cuando mi padre estuvo inmerso en las diferentes campañas electorales de 1978 y 1982, fue siempre un hervidero humano. Esto en gran medida se debió a mi madre decidió abrir las puertas de la casa para todos, sin distinción de clase. A mi juicio, esto posteriormente revolucionó la forma de hacer política, y que terminó en lo que siempre fueron conocidas como las “audiencias populares” que mi padre, en compañía de mi madre, hacían semanalmente en el Palacio Nacional.

Tenía una extraordinaria voluntad. Siempre radiaba optimismo y esperanza, a pesar de las adversidades. Acompañar a mi padre en todas las etapas de su vida pública. En la revolución de abril de 1965. En la defensa de los presos políticos en la década de los setenta. En el ejercicio de la Senaduría del Distrito Nacional en 1978. En el ejercicio de la Presidencia de la República en 1982. En las adversidades generadas por la persecución judicial con fines políticos en 1986. En todo este trayecto, firme, humilde y solidaria, hasta el sol de hoy.

En medio de todo esto, superar las dificultades de una enfermedad como la diabetes que, desde los quince años de edad, comenzó a destrozar las interioridades de su cuerpo. Los médicos se quedaban asombrados siempre de sus niveles de superación. Pero, es obvio, que, al final de sus días, detrás de esa cara afable y bondadosa, los efectos secundarios estaban venciendo a este extraordinario ser humano.

Amaba la política, aún cuando no estuviera activa en ella. Y tenía sus propias convicciones. Recuerdo como, aún estando en una situación delicada de salud, decidió estar en el acto de proclamación del entonces precandidato presidencial Miguel Vargas celebrado en el mes de septiembre del año pasado en el Palacio de los Deportes.

En el plano familiar, es y fue el centro de mi familia. Esposa ejemplar. Siempre estando de lado de mi padre, a tal extremo de que, en ocasiones muy a pesar de nuestros reclamos, sacrificaba su propio régimen alimentario, por ser solidaria con los horarios de trabajo de mi padre. Llenar tu vacío será un desafío.

Madre abnegada. Solo puedo decir lo que expresa Erich Fromm, en su libro “El arte de amar”, refiriéndose al amor materno, comentando la metáfora bíblica de la tierra que mana “leche y miel”: “La leche es el símbolo del primer aspecto del amor, el de cuidado y afirmación. La miel simboliza la dulzura de la vida, el amor por ella y la felicidad de estar vivo”.

La buena madre, dice Fromm, como la mejor tierra prometida, es la que no solo da leche a sus hijos, sino también miel. La que les contagia su amor a la vida y no solo los protege o asegura su subsistencia.

Concluye Fromm: “Es posible distinguir, entre los niños los que solo recibieron “leche” y los que recibieron “leche y miel”.

Con mucho orgullo, mi hermana, Dilia, y yo recibimos leche y miel de una mujer admirable.

Sé que sus nietos, Orlando Salvador, Patricia Victoria, Isabel Cristina y Elia Leticia, tienen muy buenos recuerdos de una abuela que también fue como una madre.

Permítanme, dirigirme a ella: Al despedirte con la tristeza que nos dejas, pero con la alegría de saber que estás en la mejor vida, que es la vida eterna, sé cuál es tu principal preocupación. No te preocupes. Cuidaremos y estaremos siempre de Papá, quizás nunca en la misma dimensión que lo hiciste, pero siempre con el amor y dedicación que nos enseñaste.

Te fuiste en paz. Estás en paz. Y la paz está y estará contigo, siempre.

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