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1987, el roble

10 Dic


Por razones de edad, no fui testigo de hechos en los que mi padre participó de manera activa, como fue durante la revolución de abril de 1965, o durante sus defensas en los tribunales ante las violaciones a los derechos humanos en la década de los setenta, o durante las campañas políticas de 1978 y 1982, o durante su ejercicio presidencial. El destino me colocó en la primera línea de fuego ya cuando mi padre estaba en plena desgracia política.

Desde el 16 de agosto de 1986, el nuevo gobierno hizo lo siguiente: Cada lunes, a las ocho de la noche, un funcionario dirigía un discurso al país desde el Palacio Nacional, teniendo como testigo al presidente Balaguer. Como era de esperarse, esas alocuciones tenían un solo objetivo: destruir política y moralmente a mi padre. Así transcurrió ese año, en medio de una soledad que cada día era más evidente.

El 1987 fue el año donde pude comprobar el talante de mi padre, y sobre todo su madera. Ya no cabían más acusaciones. Era la inventiva, la infamia, y la calumnia, a su máxima expresión. Cada día había una provocación pública. Hubo también aquella notificación para que compareciera como acusado ante un tribunal. Ese día, recuerdo que mi padre nos dijo a Dilia y a mí lo que iba a suceder, pero que había que mantener la calma. En contra de muchas advertencias, mi padre decidió asistir y comparecer a la citación. Recuerdo la fecha exacta, 28 de abril de 1987. Una juez ordenaba que mi padre fuese a prisión.

Fue el comienzo de un calvario. No había auditorio para escuchar a mi padre. Es decir, nadie escuchaba ni prestaba atención a lo que mi padre decía de que no había cometido ningún crimen y delito, que no era culpable de los hechos que le acusaban. Ese tiempo vendría después, pero la pasión política, unida al poder avasallante más el resentimiento, fueron implacables. Hay otros episodios de esos días que, por el momento, me reservaré comentar en otros apuntes.

Mi padre nunca bajó la cabeza. Nunca perdió la humildad ni la sensatez. Fue perseverante y coherente. Resistió con dignidad todas las humillaciones a la que fue expuesto. Años después de haber sido descargado por no haber cometido ninguno de los hechos que le imputaron, mi padre me dijo con esa lógica que siempre utilizaba que «así es la política, Orlando, que es donde mejor se conocen a los seres humanos». Sin guardar ningún tipo de odio ni rencor contra nadie.

Ese año, 1987, mi padre me demostró que estaba hecho de un roble duro y resistente. Ese es el mismo ser entrañablemente querido y amado que veo hoy luchando por vivir.

Nota sobre la foto: Mis padres rodeados de los camareros del restaurante Pez Dorado, en Santiago, 1982. En la foto está Don Armando, el jefe de camareros; Alfredo Sang y su esposa, Dulce; y Jorgito Aoodo Ho, actual propietario; Entre los camareros están Gerardo y Héctor que siguen laborando en este símbolo de la ciudad corazón.