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1982, el mitin

17 Dic



Recuerdo perfectamente este mitin, que fue el de cierre de la campaña electoral, antes del 16 de mayo de 1982. Fue celebrado en la explanada del Estadio Quisqueya, en Santo Domingo, República Dominicana. La otra foto recoge el momento en que mi padre es cargado, con su traje blanco y corbata, al momento de llegar a la manifestación. Ese día se confirmó su victoria. En el fondo, se observan afiches de José Francisco Peña Gómez, líder de siempre del Partido Revolucionario Dominicano; Jacobo Majluta, quien era candidato a senador por el Distrito Nacional; y mi padre, Salvador Jorge Blanco, candidato presidencial. Fue un día felíz.

Hoy, mi padre ha llegado otra vez a su casa, tras 28 días interno en la clínica. Sigue en estado de coma, pero he sentido la misma tranquilidad que hemos tenido siempre en nuestro hogar, a pesar de las altas y las bajas en nuestras vidas. En aquellos años de vida de duras pruebas, de alegrías y de tristeza, nuestra casa siempre fue nuestra fortaleza, el lugar para compartir, leer, reflexionar y descansar. Hoy nuestro apiario casero está de jubilo. Ha llegado quien se nutre de la miel. Un gladiador. Un luchador. El mismo que está en esa manifestación, en medio de la gente, del pueblo. Qué lección de vida.

1978, Colegio Las Américas

16 Dic

Ese fue el último año en el que Dilia y yo atendimos al Colegio Las Américas, en Santiago, República Dominicana. Yo concluí la primaria, y si la memoria no me falla, creo que Dilia estuvo hasta segundo grado de primaria. La razón de nuestra abrupta terminación fue el hecho de que mi padre resultó electo Senador por Santo Domingo, Distrito Nacional, Capital de la República, y tuvimos que mudarnos, a iniciar una nueva vida en la capital.

Nuestra casa en Santiago quedaba en la Ave. Estrella Sadhalá, en donde está una importante agencia de venta de vehículos, casi llegando a la rotunda de la Ave. Bartolomé Colón. El colegio quedaba en la Ave. Juan Pablo Duarte, casi al lado de Codetel. Desde mi casa, era unos 10 minutos en carro, y unos 30 minutos caminando. Cuando mis padres no nos podían llevar, nos íbamos con el jardinero, a veces caminando, y otras veces, íbamos montados en burro. Dilia y yo lo disfrutábamos. Era parte de la aventura.

Mi madre siempre atenta, daba instrucciones precisas sobre nuestra merienda, que era muy particular. Nos ponía jugo de naranja, casabe tostado, queso y huevos hervidos, pues ese era el desayuno de mis padres, y como niños al fin, queríamos lo mismo que ellos desayunaban.

El Colegio Las Américas había sido fundado en 1966 (el mismo año de mi nacimiento) por Orestes e Igna Martínez, educadores cubanos que se establecieron en Santiago. Fueron parte del exilio cubano que se radicó en Miami, a la llegada del régimen castrista en Cuba. Era un colegio al que asistían los hijos de la clase media. De Las Américas, han salido excelentes profesionales en distintos quehaceres, y personas que son reconocidas por su trayectoria moral y familiar. A Las Américas, se le unía una excelente oferta educacional en Santiago, que incluía el Colegio La Salle, el Instituto Iberia, y el Evangélico.

Las Américas cerró sus puertas a principios de los noventa. Tengo muy gratos recuerdos de Orestes e Igna Martínez, ambos fallecidos, así como de los profesores de la primaria, y lógicamente de mis compañeros de primaria, con quienes me he encontrado ya en el ejercicio de la actividad política y profesional. Los ex-alumnos tienen un grupo en facebook para mantener ese vínculo, lo cual es una excelente iniciativa.

Aún cuando hice mi secundaria en el Colegio Loyola en Santo Domingo, mis padres siempre mantuvieron relaciones con Orestes e Igna. En la foto que comparto con ustedes, están Igna y mis padres, en una visita que le hicieron a ella en su casa en Santiago, antes del fallecimiento de Orestes. Igna, siempre fue una maestra, y le guardo a ella profundo respeto y admiración.

Hoy mi padre cumple 27 días en estado de coma, luchando por vivir. Dilia y yo estamos agradecidos de la educación que tanto mi madre como él nos dieron, y nos permitieron recibir, como mucho esfuerzo y sacrificio.

1981, las sonrisas

14 Dic



Esta foto la llevo siempre en mi memoria. Corresponde a la época en que mi padre, Salvador Jorge Blanco, estaba llegando a la cúspide de su popularidad, poco antes de ganar la Candidatura Presidencial por el Partido Revolucionario Dominicano. La foto fue tomada durante la reconocida tertulia que hacía el periódico Nuevo Diario, y que fue la portada de su edición del viernes 13 de noviembre de 1981.

La contemplo y veo sus rostros, llenos de alegría y de esperanza. Era un momento cumbre. Él sabía la responsabilidad que estaba a punto de caer sobre sus hombros. Ella, mi madre, era su cómplice, su apoyo, su asistente, su mujer. Mi padre vestido con el traje de mil rayas, característico de su personalidad, con su corbata y camisa de dos botones. Ella, con sus lentes, elegantemente vestida, y siempre bien dispuesta. La pareja excepcional.

Esas sonrisas la mantuvieron aún en medio de múltiples adversidades. Es la misma que tenía mi padre el viernes 19 de noviembre de 2010, cuando analizábamos las noticias deportivas. Ambos desconocíamos lo que iba a suceder el otro día. Hoy, mi padre cumple 25 días en estado de coma profundo, y 7 días respirando por sí solo. Es un gladiador. Esas sonrisas acompañarán a mis padres, siempre.

Nota sobre la foto: Agradezco al Director de El Nuevo Diario, Persio Maldonado, el detalle de haberme impreso la portada que contiene este recuerdo tan especial.

1926, la familia

12 Dic


Mi padre nació en 1926, en Santiago, República Dominicana. Sus padres eran Pedro María Jorge y Dilia Blanco. Mi abuelo fue comerciante. Mi abuela dirigía el hogar. Pocos conocen que mi abuelo tuvo una industria licorera (que llegó a fabricar el “Cognac Jorge”), la cual tuvo que ser vendida luego por sugerencia de mi padre a otra importante empresa licorera, en un momento muy difícil. Con el producto de esa venta, mi padre le recomendó a mi abuelo que hiciera una inversión en las empresas Leon Jimenes, participación que se ha mantenido desde la década de los cincuenta hasta estos días. Mi abuela “Mama Limbert”, como le decíamos sus nietos, era una mujer de trabajo, muy educada. Mi padre me contó que ella era muy amiga de doña Trini de Moya, la esposa de Horacio Vásquez, quien fue presidente de la República. Doña Trini, quien vivía en Tamboril, de donde es oriunda mi abuela, fue la autora del himno de las madres. En su casa, mi abuela escuchó las primera notas de unas de las canciones más bellas y hermosas de la humanidad.

Sus hermanos eran Pedro Jorge Blanco, uno de los mejores patólogos del país (incluso, el Laboratorio Pedro Jorge Blanco es una institución reconocida actualmente en todo el país), y Lidilia Jorge Blanco, quien tuvo experiencia en el mundo de las artes y de la música. Tía Lidilia tocaba el piano, tío perucho el violín y mi padre el cello. Una familia corta, pero cargada de los valores que integran la honestidad, el trabajo y la unión. De los tres, el único que se dedicó a la política fue mi padre. Siempre recibió el apoyo de sus padres y de su familia, particularmente en sus estudios. Mi abuelo hizo muchos sacrificios para que mi padre estudiara el doctorado en derecho en Madrid en 1952, una época de crisis y de mucha austeridad en España y aquí.

Mi abuelo nunca pudo ver a su hijo como presidente, pues falleció a inicios de 1982. Sin embargo, mi abuela sí pudo verlo, aunque nunca visitó el Palacio Nacional, ni sus hermanos tampoco, lo cual revela el desapego al poder, característica excepcional en estos tiempos. Cuando mi abuela falleció, mi padre no pudo estar presente, pues él se encontraba en Atlanta, Georgia, en 1988, bajo prescripción médica. Fue un día muy triste, en el que sintió la impotencia de no poder estar a su lado, y le escribió una carta la cual conservo. Mi padre siempre nos ha hecho anécdotas de mis abuelos, de su integridad, y de sus sentimientos por la democracia. Mis abuelos nunca apoyaron a la dictadura. Fueron amigos de Juan Bosch y de Peña Gómez, y de toda una generación de políticos.

Ese fue el hogar que vió nacer, crecer y desarrollar a mi padre, quien hoy cumple veintitrés (23) días en estado de coma profundo, luchando por su vida misma. Cuántos recuerdos.

Nota sobre la foto: Mi abuela, Dilia Blanco, cariñosamente “Mama Limbert”, con su hijo, Salvador Jorge Blanco, mi padre, en un estudio fotográfico.

1987, el roble

10 Dic


Por razones de edad, no fui testigo de hechos en los que mi padre participó de manera activa, como fue durante la revolución de abril de 1965, o durante sus defensas en los tribunales ante las violaciones a los derechos humanos en la década de los setenta, o durante las campañas políticas de 1978 y 1982, o durante su ejercicio presidencial. El destino me colocó en la primera línea de fuego ya cuando mi padre estaba en plena desgracia política.

Desde el 16 de agosto de 1986, el nuevo gobierno hizo lo siguiente: Cada lunes, a las ocho de la noche, un funcionario dirigía un discurso al país desde el Palacio Nacional, teniendo como testigo al presidente Balaguer. Como era de esperarse, esas alocuciones tenían un solo objetivo: destruir política y moralmente a mi padre. Así transcurrió ese año, en medio de una soledad que cada día era más evidente.

El 1987 fue el año donde pude comprobar el talante de mi padre, y sobre todo su madera. Ya no cabían más acusaciones. Era la inventiva, la infamia, y la calumnia, a su máxima expresión. Cada día había una provocación pública. Hubo también aquella notificación para que compareciera como acusado ante un tribunal. Ese día, recuerdo que mi padre nos dijo a Dilia y a mí lo que iba a suceder, pero que había que mantener la calma. En contra de muchas advertencias, mi padre decidió asistir y comparecer a la citación. Recuerdo la fecha exacta, 28 de abril de 1987. Una juez ordenaba que mi padre fuese a prisión.

Fue el comienzo de un calvario. No había auditorio para escuchar a mi padre. Es decir, nadie escuchaba ni prestaba atención a lo que mi padre decía de que no había cometido ningún crimen y delito, que no era culpable de los hechos que le acusaban. Ese tiempo vendría después, pero la pasión política, unida al poder avasallante más el resentimiento, fueron implacables. Hay otros episodios de esos días que, por el momento, me reservaré comentar en otros apuntes.

Mi padre nunca bajó la cabeza. Nunca perdió la humildad ni la sensatez. Fue perseverante y coherente. Resistió con dignidad todas las humillaciones a la que fue expuesto. Años después de haber sido descargado por no haber cometido ninguno de los hechos que le imputaron, mi padre me dijo con esa lógica que siempre utilizaba que “así es la política, Orlando, que es donde mejor se conocen a los seres humanos”. Sin guardar ningún tipo de odio ni rencor contra nadie.

Ese año, 1987, mi padre me demostró que estaba hecho de un roble duro y resistente. Ese es el mismo ser entrañablemente querido y amado que veo hoy luchando por vivir.

Nota sobre la foto: Mis padres rodeados de los camareros del restaurante Pez Dorado, en Santiago, 1982. En la foto está Don Armando, el jefe de camareros; Alfredo Sang y su esposa, Dulce; y Jorgito Aoodo Ho, actual propietario; Entre los camareros están Gerardo y Héctor que siguen laborando en este símbolo de la ciudad corazón.

1982-1986, el presidente

8 Dic


Mi padre fue presidente de la República Dominicana desde el 16 de agosto de 1982 hasta el 16 de agosto de 1986. Sería una falta de objetividad de mi parte emitir juicios de valor sobre su gobierno. Esa es la tarea de los historiadores, que incluso, ya lo han comenzado a hacer, como es el caso de Frank Moya Pons en sus ediciones recientes de “Manual de historia dominicana” y de economistas como Carlos Despradel en su libro “40 años de economía dominicana”.

Sí, puedo referirme al padre que era presidente. Su talante democrático me lo demostró con su mejor lección. Y ese es mi padre. Recuerdo que fue objeto de críticas por ordenar que su caravana presidencial se detuviera en los semáforos, o que pagara el peaje, al igual que todos los ciudadanos. Asimismo, que un buen día decidiera detenerse en el malecón a tomarse un coco de agua. Igualmente, ordenó que su escolta militar se vistiera de civil, y no de militar, como ocurre en otros países. Mi padre había visitado varias veces Costa Rica, y siempre ha tenido admiración por ese hermano país. La primera vez que supe que en Costa Rica no había militares, y que los ciudadanos se codeaban con el presidente en las calles fue de su voz.

De su experiencia en Costa Rica, decidió que los jueves de cada semana, el Palacio Nacional se abría al pueblo, a la gente, en lo que se llamaban las audiencias populares. Desde las ocho de la mañana hasta las tres de la tarde, el presidente con todo su gabinete se establecían en uno de los salones de la primera planta del Palacio, y cada ciudadano que iba con cualquier petición que pudiese ser resuelta y decidida por el gobierno, salía con la solución en sus manos. Desde entonces, ningún otro gobierno ha hecho lo mismo, y sin embargo, me consta que en mis recorridos por el territorio nacional, siempre hay alguien que me demuestra su gratitud hacia mi padre por haber atendido una solicitud en aquellas audiencias populares.

Otro aspecto importante es que mi padre nunca intentó repostularse ni reeligerse. Es un fiel creyente de la alternabilidad en la democracia. Lo hizo desde el primer día en que asumió la presidencia, cuando depositó en el Congreso Nacional un proyecto de reforma constitucional para prohibir la reelección presidencial. Rechazó cualquier intento continuista en ese sentido.

El tiempo se ha ido encargando de poner las cosas en su justo lugar. Mi padre salió de la presidencia de la República, con su patrimonio familiar muy disminuido, a pesar de las infamias y calumnias. Se desligó del ejercicio profesional antes de asumir la presidencia, y luego de mi graduación, tuvimos que comenzar desde cero, en circunstancias muy difíciles. Luego de sufrir una feroz persecución judicial con fines políticos, fue descargado por los tribunales dominicanos. Se ha mantenido como ente de orientación y moderación en el Partido Revolucionario Dominicano, y como es natural, con sus expresiones de apoyo. Es político, de la cabeza a los pies.

Hoy cumple 19 días en estado de coma profundo. Es inevitable que todos estos recuerdos vuelvan a la memoria al verlo librar esta batalla por su vida. Mi familia está orgullosa de su legado como hombre íntegro, responsable, humilde y admirable padre de familia, y sobre todo, de su servicio al país.

Nota sobre la foto: Es la foto oficial de Salvador Jorge Blanco, como presidente de la República, 1982-1986. Fue tomada durante su discurso de toma de posesión el 16 de agosto de 1982. No fue una foto posada. Fue en el calor del momento.

1976, el político

5 Dic


En mi casa siempre se respiraba la política (y todavía, aún). Mi padre siempre tuvo y ha tenido inquietudes políticas. Luego de la caída de la dictadura de Trujillo, en esos años de turbulencia e inestabilidad entre 1961 y 1965, mi padre hizo sus primeras incursiones políticas en el partido Unión Cívica Nacional. Y la razón es muy simple. Toda una clase profesional pujante de Santiago vió la necesidad de abrir un espacio político que no estuviese vinculado con la dictadura trujillista, y ese espacio lo significaba ser “cívico”. Mi padre nunca lo negó, y al contrario, consechó muy buenas amistades con otros destacados miembros de ese partido. Obviamente, mi padre nunca ocupó posiciones dirigenciales en ese partido.

Luego del triunfo electoral de Juan Bosch, y con la revolución de abril de 1965, mi padre asume un rol importante en la defensa de la constitucionalidad. Terminado ese proceso, y luego de conocer personalmente a Juan Bosch y a José Francisco Peña Gómez, mi padre se inscribe en el Partido Revolucionario Dominicano. Recuerdo perfectamente, a principios de los setenta, haber visto muchas veces a Juan Bosch en mi casa en Santiago. Incluso, para el nacimiento de Dilia, mis padres conservan una nota personal de Bosch con motivo de ese acontecimiento.

Cuando Bosch renuncia del PRD, y funda el Partido de la Liberación Dominicana, mi padre se queda en el Partido Revolucionario Dominicano, al lado de José Francisco Peña Gómez. Desde el año 1973, mi padre inicia una extraordinaria carrera política, que la fue llevando junto a un exitoso ejercicio profesional, destacándose por su defensa a quienes eran objeto de persecuciones en esos difíciles doce años del presidente Balaguer. Ya para 1976, mi padre había aglutinado un importante apoyo de reconocidos dirigentes del partido, y ya había quienes iban estructurando la idea de posible aspiraciones presidenciales.

Si algo he aprendido de mi padre es que cada cosa es a su debido tiempo. En esos años, la figura de mayor popularidad en el partido, a parte de Peña Gómez, lo era don Antonio Guzmán, quien le ganó a mi padre la candidatura presidencial en 1977. Mi padre aceptó los resultados, y apoyó decididamente a don Antonio Guzmán, quien fue electo presidente de la República en el 1978, produciendo la alternabilidad democrática en nuestro país. Nuevos aires de cambio entraron en la política dominicana.

Mi padre, como presidente del PRD y como Senador electo por el Distrito Nacional, le correspondió defender el triunfo de Guzmán en la Junta Central Electoral, en momentos en que fuerzas conservadoras y militares pretendieron desconocer esos resultados. Con tesón, y con la ayuda de otras destacadas figuras, los resultados fueron respetados.

En 1981, ya en la cúspide de su popularidad, mi padre ganó abrumadoramente la Candidatura Presidencial, siendo las primeras primarias con votación universal en la historia del partido. Mi casa era un hervidero de gente, todos los días. Incluso, recuerdo despertame en mi habitación, en medio de una reunión de mis padres con sus colaboradores. Como adolescente, yo no podía ayudar mucho. Contemplaba y veía jugando baloncesto en el patio de mi casa, a la historia.

Fui testigo de esa historia, de ese triunfo resonante del 16 de mayo de 1982, y de la proclamación de mi padre como presidente de la República para el período 1982-1986. Aquel movimiento que se había iniciado en los años setenta llegaba a su ciclo en 1982. Mis padres estaban felices, al igual que toda la familia. Se sentía el peso de la responsabilidad, pero poco se sabía de lo que vendría después. La política es como el beísbol, no se sabe cuál será su final sino hasta que no se cante el out 27.

Terminado todo este proceso, ya mi padre retirado en su casa, luego de sobrevivir una de las más feroces persecuciones políticas. Del sóleo presidencial a la cárcel. Luego condenado, y finalmente descargado por la propia justicia, luego de que se fueran las pasiones. Mi padre siguió siempre, ya en otro perfil, en la política. Cuando sintió que había que respaldar al presidente Hipólito Mejía en el 2004, lo hizo para preservar al partido. No le tembló el pulso. Cuando sintió que había que respaldar a Miguel Vargas en el 2008, lo hizo, siempre de manera elegante.

Una historia fascinante la de mi padre, el político. Como todo en la vida, con sus altas y sus bajas, pero con muchas lecciones. Pocas horas antes del 20 de noviembre, de caer en estado de coma profundo, hablamos sobre el agradecimiento y la lealtad, dos valores esenciales en la política. Esos consejos que me diste ese día, los tengo en mi corazón.

Nota sobre la foto: Mi padre siempre estuvo rodeados de libros, y nos inculcó el hábito de la lectura. En la foto, revisando su biblioteca en la oficina de abogados.

1972, Los totumeros

4 Dic


Ese era el nombre que mi padre le puso al equipo infantil de beísbol que teníamos en Santiago. Estaba integrado por mis primos y los vecinos de la Ave Estrella Sadhalá. Jugábamos en el patio de mi casa, que estaba muy por encima del nivel de la calle, y por esa razón, era una especie de totuma o “chichón”. Tengo gratos recuerdos de muchas pelotas de beísbol que caían en la calle, y que a veces golpeaban a los vehículos que transitaban, y como niños, al fin, salíamos corriendo cuando el conductor de un vehículo iba a mi casa a reclamar. Era recibido por mi padre, quien nos daba nuestra respectiva reprimenda. Momentos inolvidables.

Todos los domingos nos levantábamos a las cinco de la madrugada, para llegar primero al Monumento, y “tomar” el play, que estaba donde está ahora construido el Gran Teatro Cibao. Quienes llegaban primero al play, eran los primeros en jugar. Ahí iban niños de La Joya, de Los Pepines y de Pueblo Nuevo, contra quienes jugábamos, sin mayores formalidades. Eran juegos de puro entretenimiento. Luego terminábamos en los famosos “paragüitas”, tomando refrescos.

Mi padre le gusta el beísbol. Lo ha seguido siempre. Es fanático de Las Aguilas Cibaeñas. Recuerdo que a principios de la década de los setenta, yo iba al estadio uniformado con el No. 1 de Miguel Diloné. Muchos años después, le comenté esto a Diloné, a quien admiro y respeto.

Muy pocos saben que mi padre fue jardinero derecho del equipo de softball “Los Leguleyos”, que era un equipo integrado por abogados de Santiago, y que se reunían semanalmente para entretenerse en medio de sus actividades profesionales. Don Cuqui Córdova, su amigo de siempre, ha escrito sobre esto.

El viernes 19 de noviembre de 2010, el día antes de ocurrir el accidente que lo mantiene luchando entre la vida y la muerte, hablamos sobre beísbol. Estaba entusiasmado. Quería ir el sábado para Santiago, lo cual se quedó solo en palabras. Hoy mi padre cumple quince días en estado de coma profundo. La pelota y también la política son parte de su historia.

Nota sobre la foto: Es una foto del 1985, muy característica. Mi padre siempre usaba las manos como recurso de oratoria. Esas manos que están hoy luchando por vivir, son las mismas que afortunadamente vencieron muchas adversidades. Son las mismas que diariamente tocamos en señal de respeto y de admiración.

1982, ella habla sobre él

3 Dic


“La carrera política de Salvador ha sido de gran significación e importancia para mí. Su vida como político me ha servido de gran ejemplo y el haberlo acompañado en todas sus actividades políticas me enseñó a conocer las realidad de nuestra sociedad. Conocer y caminar todos los pueblos y ciudades de nuestro país, me dio la oportunidad de vivir y palpar con nuestros propios ojos y nuestras propias manos la forma de vida en todos sus aspectos, sus necesidades y sus aspiraciones normales para lograr su progreso y mejoría. Tanto en las ciudades como en los campos notamos ese deseo de superación de todas, de acuerdo al ámbito donde se desarrolla cada individuo. Pero lo más importante fue, lo es y lo será siempre el haber conocido a tantos amigos y personas que nos ayudaron en nuestra labor política; nos ayudaron a obtener los máximos objetivos y esperamos que esa amistad no sea defraudada, sino que se mantenga y acreciente toda nuestra vida. Considero que la vida política de él ha sido maravillosa para mí, porque también me gusta y considero que ha sido exitosa. Realmente lo veo como un maestro.”

Mi madre sobre mi padre, Revista Vanidades, 28 de diciembre de 1982.

Nota sobre la foto: Mis padres en el despacho presidencial, en 1985. Como siempre, ella tomando notas, mi padre dictando. El cuadro de Juan Pablo Duarte, como testigo de la historia. Las banderas nacional y la del Partido Revolucionario Dominicano en los extremos. Y el busto de Gandhi, sobre su escritorio, que aún lo conserva en su oficina privada.

1984, la Casa Blanca

2 Dic


“… Presidente y Sra. de Jorge Blanco, es verdaderamente un honor para mí darle la bienvenida a Ud, el primer Presidente de su país en hacer una visita de Estado a los Estados Unidos…” Así inició el presidente Ronald Reagan su discurso de bienvenida a mi padre cuando fue objeto de una hermosa ceremonia militar en la explanada frontal de la Casa Blanca, el martes 10 de abril de 1984.

Ese día por primera vez ( y hasta hoy, la única vez), la bandera dominicana ondeó, junto con la americana, en cientos de astas en la Casa Blanca, sus jardines y sus verjas, así como en las principales oficinas públicas de Washington. Un amigo de la familia que estaba ahí me comentó la emoción que sintió mi padre por la significación de esa histórica visita.

Desde entonces, todos los presidentes dominicanos que sucedieron a mi padre, Joaquín Balaguer, Leonel Fernández e Hipólito Mejía han visitado la Casa Blanca, en lo que protocolarmente se llama “visitas oficiales”, pero a mi padre le ha correspondido el honor de ser el único presidente dominicano que ha hecho una “visita de Estado”, sobre la cual escribí este apunte hace varios años.

En el 1985, mi padre volvió a Estados Unidos y se encontró con el presidente Reagan en Carolina del Sur. Yo estuve en ese viaje, y conservo una foto de esa ocasión.

Por coincidencia, en el año 1988, mi madre y yo estábamos en Washington, y pasamos al frente de la Casa Blanca. Mikhail Gorbachov era recibido, en visita de Estado, a la Casa Blanca por el presidente Reagan. Ambos recordamos aquella visita de 1984. El tiempo es implacable.